Se agudiza la caída del comercio de carne argentina

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Las recientes declaraciones de la Presidente durante su gira rusa quejándose de que EE.UU. tiene vedado el ingreso de «bifes» nacionales volvió a poner el tema en debate.

Desde Moscú, en el marco de su visita a Vladimir Putin y la reafirmación de la «alianza estratégica integral» de Argentina con Rusia, que incluye cooperación militar con el país que acaba de anexar Crimea, la Presidente arremetió contra el gobierno de Barack Obama. «Estados Unidos tiene vedado el ingreso de carnes argentinas por cuestiones fitosanitarias», y alabó nuestros cortes diciendo que «nadie duda de la calidad de las carnes argentinas; una de las cosas que podemos exhibir es el churrasco en la Argentina, el bife de lomo, el bife de chorizo».

Sin embargo, hace ya tiempo que en los restaurantes de Europa que se promocionan como «Argentinian Grill», la carne que en realidad se sirve es brasilera, uruguaya o paraguaya. Sudamérica sigue proveyendo al mundo de «bifes», pero el reinado de la pampa húmeda argentina en la materia, que duró casi un siglo, entró en su ocaso hace casi diez años.

En comercio internacional una de las primeras lecciones de un estudiante de economía es entender que las restricciones a las exportaciones en un país exportador de un bien son igual de nocivas para los productores de ese país como las trabas al ingreso del producto que puedan poner los países que son sus clientes. En el caso de Argentina, esto aplica para las carnes: poner cupos a las exportaciones es, para nuestro país, tan malo como que nuestros clientes, por el motivo que sea, limiten la entrada de nuestros «bifes».

Las palabras de la presidenta y su amarga queja contra los norteamericanos parecen olvidar que el 8 de marzo de 2006, ante subas del precio de la carne en las góndolas argentinas, y al inicio de un año electoral, el gobierno de Nestor Kirchner tomó una medida drástica sin previo aviso: prohibió las exportaciones de carne para «defender la mesa de los argentinos». Junto con esta prohibición se puso en marcha el sistema de Registros de Operaciones de Exportación (ROE). Más allá de su título, que lo disfraza como una herramienta únicamente de control formal, implicó la creación de permisos para exportar.

Esa medida le dio al Poder Ejecutivo la facultad de elegir quién puede exportar y quién no, y además limitar los envíos al exterior por cantidades. Lo mismo que le critica Cristina Kirchner a Obama (no dejar entrar carne argentina con argumentos que parecen débiles), es lo que hizo su ex marido cuando fue presidente. Ese acto fue el primer paso de lo que sería la guerra contra el campo y la «oligarquía», a la cual se tildó de avara y contraria a los intereses de la población, que luego seguiría con la famosa Resolución 125 de Retenciones móviles.

Los efectos del cierre y cupos de exportaciones para la carne fueron devastadores para la producción y también para los consumidores: las exportaciones de carne cayeron desde 2006 más del 70%, pasando de ser el tercer exportador mundial a estar hoy fuera del top ten. La inflación general entre 2006 y 2014, bien medida, ronda el 700%, mientras que para el consumo interno de carne, un promedio de 10 cortes muestran una suba de diez veces en el valor al consumidor, un 1000%.

Ya advertíamos en septiembre del año pasado que la crisis no afectaba solo a ganaderos y consumidores, sino también a los trabajadores. Desde que se cerraron las exportaciones de carne, cerraron más de 120 plantas frigoríficas. En el peor momento de la crisis, durante 2010, había 12,5 millones menos de cabezas de ganado que en 2008. El consumo interno de carne cayó en 10 kilos de carne por habitante al año.

La Presidente desde Rusia no solo parece ignorar las lecciones básicas de economía internacional, sino también una realidad concreta que existe en torno al ocaso del «bife argentino».

Por Andrés Domínguez | INFOBAE